
Gracias al alto precio del cobre, el Estado chileno está desarrollando un ambicioso programa de becas. El valor del mineral, que superaba los cuatro dólares por libra antes de caer debido a la actual crisis económica, ha ido en aumento constante durante los últimos años.
El excedente producido por las ventas de cobre fue objeto de debate, y en una medida para evitar introducir ese dinero en el país y con ello aumentar la inflación, el gobierno decidió depositar cerca de 20 mil millones de dólares en un fondo en el extranjero. Luego las autoridades optaron por invertir parte del fondo en « capital humano », es decir, en educación. Y una forma de matar dos pájaros de un tiro es educar chilenos en el extranjero.
En mayo de 2008, la presidenta Michelle Bachelet anunció el nuevo programa de becas para estudiantes, que de aquí a 2012 debería otorgar 6.500 becas para postgrados en el extranjero. A modo de comparación, en 2005 el gobierno chileno dio sólo 172.
El programa, llamado « Becas Chile », incluye los costos de matriculación y aranceles de la institución de destino, así como los costos de manutención y los pasajes del becario. El candidato puede postular a cualquier institución educacional en cualquier país del mundo, aunque el prestigio del establecimiento es un factor al momento de atribuir las becas. También existen áreas prioritarias que juegan a favor de los postulantes, como minería, agricultura, energía o nuevas tecnologías. El programa también prevé una nivelación de idioma.
El antiguo sistema de becas
Los becarios del antiguo sistema tuvieron que luchar para obtener las mismas condiciones. Hasta ahora contaban con un monto único que no estaba adaptado a los precios de cada país. Durante el mes de diciembre pasado, dicha situación llevó a becarios chilenos en distintos países europeos a manifestar frente a las embajadas pidiendo una reevaluación de su mensualidad de 820 dólares, que juzgaban insuficiente para vivir. Las nuevas becas deberían remediar esto tomando en consideración los costos locales. Además, el gobierno se comprometió a nivelar las becas anteriores a partir de este mes.
El objetivo es formar a jóvenes « con los más altos estándares de los países avanzados », como declaró la Presidenta en su discurso. Una de las condiciones del programa es que los becarios vuelvan luego a Chile por un tiempo al menos igual al de sus estudios, y ayuden al desarrollo económico del país. Como lo informa CONICYT (Comisión Nacional de Investigación Científica y Tecnológica) en el documento de presentación del programa, el fin es la « formación de capital humano avanzado en el extranjero que permita insertar a Chile en la sociedad del conocimiento, dando así un impulso definitivo al desarrollo económico, social y cultural de nuestro país ».
Un enfoque sistémico
Una gran inversión en educación, como es el caso de los 6 mil millones de dólares que el gobierno piensa destinar a este programa, puede ser benéfica para el país. Pero la solución del problema de los fondos en el extranjero tiene sus límites. Como lo explica el sociólogo Florencio Ceballos, director del programa Telecentres.org del Centro de Investigaciones para el Desarrollo de Canadá (IDRC) y ex becario del gobierno chileno, en un proceso de reforma de la educación :
« un elemento importante es darle a los profesionales experiencia en el extranjero ». Sin embargo, el sociólogo considera que no basta con las becas : « se requiere un enfoque sistémico ». Y agrega : « Creo que las becas deben entregarse de manera selectiva, y en función de estrategias nacionales de desarrollo ».
Los desfavorecidos de siempre
Otro desafío importante es el de no seguir favoreciendo a los que ya son favorecidos y darle una posibilidad real a estudiantes que, sin las becas, no podrían acceder a estos niveles de educación. Así lo nota Andrea Repetto, economista, profesora e investigadora de la Universidad Adolfo Ibáñez :
« Un desafío importante será el de colocar en programas del mejor nivel a jóvenes que, teniendo grandes habilidades, han tenido menores oportunidades en la vida », analiza la economista. En general, « los jóvenes de menores recursos han recibido a lo largo de su vida una educación de menor calidad y, por lo tanto, han tenido mayores dificultades para ser admitidos en las mejores universidades ». Un ejemplo de esto es el aprendizaje del inglés que, como señala Repetto, es una de las « variables relevantes en un proceso de selección de programas en el exterior ».
La crisis no debería ser un obstáculo en la implementación del programa, estima la economista :
« Gracias a la regla del superávit fiscal, que obliga al estado a ahorrar recursos extraordinarios como los obtenidos por el “boom” reciente del precio del cobre, Chile cuenta hoy con fondos suficientes para comprometer programas de este tipo ».
Si todo funciona según lo previsto, este programa multiplicará el número de diplomados en el exterior. Queda ver si, a su regreso, estos profesionales encontrarán condiciones laborales propicias. De lo contrario, el programa podría transformarse en simple « turismo académico », como teme Ceballos, y no en una real « apertura de nuestros profesionales al mundo ».




















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