Como cada sábado, Calle 89 publica una nueva historia de “El Pulpo”, una serie de crónicas negras creada en 1995 por Jean-Bernard Pouy. Este fin de semana, nuestro Lecouvreur ¡va por primera vez al extranjero! Hacia México. Ciudad Juárez. La ciudad donde las mujeres son asesinadas a cientos.
“No identificada Hada madrina Hada Traidores en los cruces presuntuosos Quemada Amor Amordazada Pegada La cabeza cubierta con una bolsa de plástico. Ojos para las hadas Sonrisa de comunicadores atravesados en el bolsillo de los poderosos. Violada Apuñalada Mancillada Semidesnuda Glorificación del horror Estrangulada Hada Hada Golpeada NO IDENTIFICADA”
La escritura de Juan Pablo de Avila oscilaba entre un poema y un informe de autopsia. Su recopilación, “Ojos para las hadas”, un fanzine fotocopiado, era un homenaje a las muertas de Juárez.
“Tómalo como tu regalo de cumpleaños”, había dicho Pedro. Me enviaba a México a investigar la muerte de la hija de uno de sus camaradas, de 36 años. Acababan de encontrar a Lupita en un vertedero. Me había tragado la mitad de los informes de Amnistía Internacional, había recorrido lacitédesmortes.net y había leído numerosos artículos que La Jornada, una especie de “Libé” mexicano, había dedicado a Ciudad Juárez. Todos destacaban las disfunciones de la investigación, que no le había precupado nunca a las elites.
Desde mi llegada, la ciudad entre dos mundos se asomó. Un millón y medio de habitantes, uno de los pasos fronterizos más atravesados del mundo. Cerca de 150.000 pasos por día y un sol pesadísimo. La hermana siamesa de El Paso, a caballo entre México y Gringolandia, es escenario de un feminicidio. Desde 1993, cerca de 450 mujeres han sido asesinadas, muchas mutiladas, algunas violadas... ¡Y hay tantas desaparecidas! Sin embargo, las autoridades sólo reconocen 271 casos. Ninguno ha sido resuelto satisfactoriamente... El Gobierno Federal y el de Chihuaua han mostrado más celo en combatir el atuendo provocador de las víctimas que en acabar con la violencia.
Encontré al camarada de Pedro, Fernando, en la sede de la asociación “Nuestras hijas de Regreso a Casa”, al sur de la ciudad. La calle rodea un terreno vacío perteneciente a la principal de las 400 maquiladoras de Juárez. Muchas de las víctimas trabajaban para estas fábricas cutres. Nando y Norma, una de las fundadoras de la asociación, me guiaron por la ciudad. Pegados al primer mundo se amontonan los poblados de chabolas, reservas humanas esclavizables a merced de que las Ford, Thompson, Siemens, Electrolux, les aplasten con el dedo. Una mano de obra tan inagotable como beneficiosa transnacionalmente. “Cerca de 80% de los habitantes vienen del interior del país... muchas mujeres, ¡atraídas por empleos de 6 dólares al día!”, me había explicado Norma.
Caída la noche, pateando las calles del centro, me había asaltado una nube de chicos que me ofrecían sus servicios por un puñado de pesos: enceradores de zapatos, chupadores de pollas... A menudo colocados con éter, coco o piedra, una especie de crack. Chicas de 12 años con una femineidad excesiva, vendían su cuerpo a los jóvenes gringos venidos a desfasar al otro lado de la frontera. Nando me mostró también la cara más ostentosa de Juárez, sus barrios residenciales del noroeste de la ciudad. La otra cara de la moneda. Cerca de un tercio de las 300 toneladas de cocaína que pasan cada año al Tío Sam pasa por aquí. Si el tráfico de drogas corroe la piel sobre los huesos de los pobres es para la mejor alimentación de los jefes de la ciudad. 4X4 sin matrícula, con los cristales tintados. Por todas partes, gorilas con gafas oscuras y armados. El Cártel tiene a Juárez cogida por las pelotas. Más allá de la ciudad, hay ranchos donde la élite organiza su reparto sin tanta finura, centrado en las coimas.
Lupita, como muchas de las que luchan por que se haga justicia, había recibido amenazas. “Disfruta de la vida tanto como puedas” había sido la última. Estaba estudiando derecho y militaba con Norma desde hacía dos años. Luchaba por que las mujeres pudieran vivir de nuevo en Juárez y no solamente morir allí. “Cerca de 15 años de impunidad, había suspirado Norma. O cinco siglos, ya que hay en las mujeres de Juárez un poco de la maldición de La Malinche”. Esta joven india fue ofrecida a los conquistadores cuando llegaron. Una vez bautizada, se convirtió en la intérprete de Cortés y en su amante. Sus conocimientos facilitaron la conquista de México. Nando había apostillado que “para algunos, La Malinche es la madre del México mestizo. Pero en la lengua popular, es la madre de todos los males, la puta vendida al extranjero”. Desde la conquista española hasta la esclavitud industrial continúa esta culpabilización de la mujer.
Con el antiguo anarquista cruzamos una manifestación pro-vida. Me explicó la doble moral cristiana que aquí reclama el derecho a la vida desde la concepción, pero que deja morir a las mujeres en la clandestinidad del aborto. La impunidad que vomita Juárez se alimenta del desprecio que florece a la sombra de la iglesia. Norma, por respeto a la cruz que lleva, no lo reconocerá.
A Cheryl no le habrían gustado Juárez y sus cantinas, sus bares a menudo prohibidos para las mujeres... Yo apreciaba la cerveza: ¡vamos jefe, otra Victoria! Después de algunos días, ya no sabía si era yo el que secundaba a Nando en su persecución del asesino o si era él el que me acompañaba en esta investigación asfixiante. ¿Será la ciudad misma la que mata? Aunque cada víctima se haya encontrado con la muerte cara a cara... más bien con una serie de asesinos que con un asesino en serie.
Ya de vuelta en Pied-de-Porc, un artículo de La Jornada anunciaba la muerte de un tipo en Juárez. Este jefe de las pompas fúnebres La Paz y pequeño traficante, era compañero de ruta de algunos profesionales del Cartel y del equipo municipal. Lo habían encontrado en el parque Hermanos Escobar. Pedro me lanza una sonrisa. Nada que decir.
Gabriel Lecouvreur, alias el Pulpo, periodista francés en México.
Traducido por Óscar Valero

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